Un colectivo de cineastas transforma la industria al contar sus propias vivencias, llevando la cultura de sus pueblos a la gran pantalla.

América Latina está presenciando una revolución en su industria audiovisual, y el epicentro de esta transformación se encuentra en las comunidades originarias de Brasil. Allí, un grupo de mujeres indígenas ha decidido que sus historias no serán contadas por otros, sino por ellas mismas.
Bajo el nombre de Rede Katahirine, que en lengua Manchineri significa “constelación”, más de 70 cineastas de 32 etnias distintas se han unido para formar la primera red audiovisual de mujeres indígenas de Brasil. Este colectivo no se define como un simple catálogo de profesionales, sino como un movimiento vivo cuyo propósito es usar el cine como una herramienta de lucha, memoria y redefinición cultural.
El nacimiento de la Rede Katahirine, impulsada inicialmente por el Instituto Catitu, responde a una necesidad histórica: la invisibilidad y el olvido del trabajo de las mujeres originarias en el panorama cultural brasileño. Durante años, las historias de los pueblos indígenas han sido filtradas, cuando no distorsionadas, por miradas externas, a menudo enfocadas únicamente en los líderes varones y los aspectos sociopolíticos más obvios.
Al tomar ellas la cámara, estas creadoras están reescribiendo el guion y reclamando su espacio. Su trabajo es una respuesta directa al racismo y al machismo estructural que históricamente ha intentado silenciar sus voces y sus aportes.
¿Qué hace que su cine sea diferente? La clave está en el enfoque íntimo y personal de sus producciones. Las integrantes de Katahirine abordan temas que antes permanecían ocultos, como los ritos de pubertad femeninos, la relación ancestral de las mujeres con el agua del río, o narrativas de sanación y resistencia.
Pero lo íntimo, en este contexto, nunca es individual. Al retratar la vida de las mujeres en las aldeas y sus luchas diarias, dotan de una nueva visibilidad a la base de la sociedad indígena, tejiendo una poderosa narración colectiva. Este cine es, en esencia, una herramienta política que afirma identidades, valoriza conocimientos propios y rompe silencios.
Actualmente, la Red opera sobre cuatro frentes de trabajo esenciales. El primero es el Fortalecimiento Interno, con reuniones y planificaciones estratégicas para asegurar la solidez y la influencia del colectivo. El segundo es el de Formación y Creación, donde promueven talleres de iniciación y perfeccionamiento en las aldeas y gestionan el Premio Katahirine, un fondo creado por y para ellas que apoya directamente sus nuevos proyectos. Las otras dos áreas se centran en la difusión y la conexión con el público, asegurando que estas películas lleguen a festivales, muestras y audiencias tanto indígenas como no indígenas a nivel global.
El impacto de esta constelación de cineastas es profundo y multidimensional. En el ámbito cultural, están transformando el lenguaje del cine brasileño, infundiéndole la cosmovisión de 32 culturas y obligando a la industria a reconocer la pluralidad de narrativas.
En lo social, sus producciones sirven como documentos de lucha para denunciar retrocesos ambientales, la invasión de tierras por madereros o mineros ilegales, y para reivindicar derechos. Cineastas como Suyani Terena, Olinda Yawar Tupinambá o Patrícia Ferreira Pará Yxapy, ya reconocidas internacionalmente, utilizan sus plataformas para generar conocimiento y diálogo.
La Rede Katahirine es, en definitiva, un faro de resistencia y autonomía en la Amazonia. Su aspiración a corto y medio plazo es aún más ambiciosa: desean formalizarse como una productora de cine indígena manejada por mujeres, un paso que les daría total control sobre sus procesos creativos y la gestión de recursos.
Su existencia demuestra que la verdadera riqueza de Latinoamérica reside en la defensa de sus culturas y que el futuro del audiovisual pasa por escuchar y amplificar las voces que históricamente han sido silenciadas. Ellas están cambiando la imagen de Brasil, una película a la vez.
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