Las algueras lideran la batalla contra la sobreexplotación, impulsando la reforestación marina.

A lo largo de la extensa costa chilena, las grandes concentraciones de algas pardas (como el huiro) forman ecosistemas submarinos vitales para la biodiversidad, sirviendo de refugio, alimento y como una importante fuente de captura de carbono.
Sin embargo, la creciente demanda industrial y la sobreexplotación han convertido vastas zonas en verdaderos “desiertos marinos”. Frente a esta crisis ecológica, las recolectoras de orilla (algueras) han emergido como la vanguardia en la conservación de los bosques submarinos de algas.
Históricamente relegadas a roles secundarios en la pesca artesanal, estas mujeres están tomando posiciones de liderazgo, confrontando el machismo del sector e imponiendo un modelo de extracción sostenible.
Ellas promueven un enfoque que una producción y conservación, contrastando con prácticas depredadoras como el “barreteo” —la extracción de algas desde la roca con herramientas, que arranca la planta de raíz y destruye el hábitat.
La clave de su modelo es la priorización de las algas varadas: aquellas que son desprendidas naturalmente por el mar al final de su ciclo de vida, respetando así la capacidad de regeneración del recurso.
Este conocimiento ancestral se une hoy con la ciencia. Las algueras entienden que su trabajo es una forma de cuidar las futuras cosechas, demostrando que la ganancia a corto plazo no puede destruir el sustento a largo plazo de toda la comunidad costera.
Esta visión las ha llevado a una colaboración activa con investigadores en proyectos innovadores de reforestación marina . Allí, se siembran cepas de algas más resilientes (conocidas como la “Súper Alga”) en áreas devastadas para restaurar la salud del ecosistema. Su compromiso va más allá de solo cosechar: consiste en devolverle al mar lo que la sobreexplotación le ha quitado, trabajando literalmente como jardineras del océano para asegurar la biomasa futura.
Su compromiso no solo es operativo, sino también fiscalizador. Las mujeres monitorean y denuncian la extracción ilegal fuera de las áreas de manejo controladas, impulsando una mayor protección gubernamental a través de vedas más estrictas. Para ellas, la autonomía económica es inseparable de la autonomía territorial, luchando por tener voz en las decisiones de manejo costero para garantizar la sostenibilidad que a menudo ignoran los intereses industriales.
En definitiva, las recolectoras de algas chilenas son un potente ejemplo de cómo la acción comunitaria puede dictar la agenda de la conservación ambiental en Latinoamérica. Al defender estos ecosistemas únicos, no solo protegen una fuente de ingresos, sino que salvaguardan la biodiversidad y el futuro del mar, redefiniendo el liderazgo femenino en la primera línea de la batalla climática.
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