Una historia de resiliencia y autogestión que transformó la vida de 55 familias en el Chocó Andino.

En las faldas de la Reserva de Biósfera del Chocó Andino, a unos 40 minutos de Quito, Ecuador, se gestó una historia de profunda transformación. La comunidad de Yunguilla se enfrentó durante décadas a una realidad de subsistencia que implicaba la tala de árboles y la producción de carbón, actividades que agotaban inexorablemente sus recursos naturales y su futuro. Esta dependencia de prácticas extractivas no solo amenazaba un ecosistema vital, hogar de especies como el oso de anteojos y el gallito de las rocas, sino que también condenaba a sus habitantes a la pobreza y a la migración constante de sus jóvenes a las ciudades.
La solución emergió en 1995, cuando un grupo de familias decidió reorientar su destino, apoyados inicialmente por una fundación. El camino elegido fue el turismo comunitario y sostenible, no como un fin en sí mismo, sino como una herramienta estratégica de conservación y desarrollo local. Este cambio de mentalidad, que pasó de ver el bosque como madera a verlo como un patrimonio incalculable, requirió un liderazgo comprometido y un esfuerzo constante durante casi tres décadas, superando el escepticismo inicial y las dificultades económicas.

El funcionamiento del proyecto se basa en la autogestión cooperativa. Hoy, cerca de 55 familias participan activamente de la Corporación Microempresarial Yunguilla, donde las decisiones, los beneficios y las responsabilidades se distribuyen de manera equitativa. Este enfoque holístico garantiza que los ingresos se reinviertan directamente en el bienestar de la comunidad y en la mejora continua de los servicios turísticos, evitando la dependencia de actores externos y manteniendo el control total sobre su territorio.
Lo que hacen es ofrecer una inmersión cultural y ecológica auténtica que trasciende el mero alojamiento. Los visitantes se alojan en las casas de las familias, recorren caminos ancestrales yumbos (llamados “culuncos”) y participan en las actividades diarias de la comunidad, como la elaboración artesanal de lácteos, mermeladas con frutas locales y la cosecha en sus huertos orgánicos. Este intercambio vivencial no solo genera ingresos, sino que fortalece la autoestima y la identidad cultural de los participantes, convirtiéndolos en narradores de su propia historia.

El proyecto es de una naturaleza profundamente inclusiva, abarcando a todas las generaciones. Los jóvenes y las mujeres han encontrado en el turismo comunitario una valiosa fuente de oportunidades y liderazgo, contribuyendo a la significativa reducción de la migración hacia las áreas urbanas. Recientemente, la comunidad ha impulsado la formación de gestores turísticos rurales, garantizando un relevo generacional preparado para mantener los estándares de calidad y sostenibilidad en el tiempo.
El éxito del proyecto es un faro de esperanza para Latinoamérica; al invertir sus ganancias en la conservación, lograron la declaratoria de Área de Conservación y Uso Sustentable (ACUS), blindando 2.500 hectáreas de biodiversidad. El turismo se traduce directamente en la protección de su territorio, en el fortalecimiento de los lazos sociales y en la autonomía económica de sus habitantes, demostrando que un modelo de desarrollo basado en el respeto por la naturaleza es el camino más viable y digno hacia la prosperidad.
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