Amandocéano:  la ONG que le enseña a Puerto Rico a amar su mar

publicado en: Blog, Crónicas, Entrevistas | 1

Una respuesta colectiva ante la erosión, la falta de educación marina y la inacción estatal.

Foto cortesía: Amandocéano.

Uno podría pensar que nacer en Puerto Rico es aprender primero el lenguaje del agua. Que  ese lugar exacto donde el azul de las olas se funden con el cielo es, para el isleño, una lengua materna. Que la cercanía permanente con el mar vuelve familiar lo inmenso y que se crea una conexión tan inherente y arraigada que parece inconcebible temerle. Uno no imaginaría que en el corazón de un Caribe que lo abraza todo, alguien no disfrutaría estar lejos de tierra firme.

Pero Amanda Prieto habitaba una isla distinta. Para ella el mar no era un camino, sino un muro de agua que parecía casi imposible de cruzar. Lo disfrutaba a la distancia. Se sentaba en la orilla a contemplar la inmensidad y, aunque sentía una gran curiosidad por descubrir los secretos que el océano guardaba, la sola idea de sumergirse en su profundidad la aterrorizaba. El deseo y el miedo convivían en silencio. Y, aun así, hubo un momento en que entendió que para cruzar ese límite no bastaba con mirar.

Fue así como, a fuerza de coraje y persistencia, decidió traspasar esa frontera. Primero el agua, luego la inmersión. Con el tiempo llegaron el buceo, la biología y la oceanografía. Viajó, nadó en otros mares y aprendió a habitar lo que antes rechazaba. El océano, que había sido su mayor temor, terminó convirtiéndose en un sostén silencioso, en una presencia indispensable para su equilibrio y su salud mental.

Foto cortesía: Amandocéano.

Su propia historia la llevó a pensar si habría otros como ella que, aun habitando una isla, sintieran tanto miedo por el mar. Pero el miedo no era lo único. Ella se dio cuenta que detrás había una ausencia más profunda. En el archipiélago faltaba educación sobre el océano: desde los gestos mínimos —llevarse la basura de la playa— hasta el conocimiento de las formas de vida que lo habitan. Ella misma lo entendió tarde. De niña, tampoco había aprendido a cuidar aquello que la rodeaba por completo.

De esas preguntas nació Amandocéano. No como una respuesta inmediata, sino como un camino. Una organización dedicada a proteger los recursos marinos desde la educación, la conservación y la investigación. Su trabajo no solo busca cuidar el océano, sino también abrirlo: invitar a otros —sobre todo a jóvenes— a conocerlo de cerca, a entender las ciencias marinas y, si así lo desean, a hacer de ellas su propio rumbo.

Aunque la idea nació de Amanda, con el paso del tiempo el trabajo se volvió colectivo. Lo que comenzó como un impulso personal fue arraigándose en la comunidad, hasta que cuidar el mar dejó de ser solo una causa individual y se transformó en una prioridad compartida. Los isleños comprendieron algo esencial (algo que incluso debería ser premisa en todo el mundo), todos, de una forma u otra, dejamos huella en la profundidad del mar.

Foto cortesía: Amandocéano.

Antes de que Amandocéano existiera, la desinformación y la contaminación eran parte del paisaje cotidiano. Además, persistía una creencia difícil de romper: que dedicar la vida al cuidado del mar no ofrecía futuro ni sustento. Pero con el tiempo la ONG fue rompiendo este estigma. Demostró que estas profesiones no solo son viables, sino necesarias para una isla como Puerto Rico, donde el océano no es solo entorno, sino la vida misma.

Con solo 27 años Amanda ha logrado que su organización promueva la educación sobre la protección de las costas en Puerto Rico. Su trabajo se construye junto a la comunidad, especialmente con estudiantes; jóvenes que, a través de la enseñanza práctica, han aprendido que proteger el océano no es un capricho, si no una necesidad imperante para su presente y futuro.

En la organización conviven científicos expertos, como ella, pero también voluntarios que hoy se han convertido en un referente para el resto de la isla, personas que, como dice su slogan, buscan inspirar amor por el océano. 

Foto cortesía: Amandocéano.

Para lograrlo han atravesado diferentes fases como organización, desde realizar eventos comunitarios como limpieza de playas, crear murales con mensajes de conservación, hasta dictar charlas gratuitas con expertos; científicos de Puerto Rico y de otros países que ponen al servicio su conocimiento sobre ciencias marinas para que otros también se dejen deslumbrar por las maravillas del océano.

Con el apoyo de ISER Caribe, también impulsan un proyecto para crear viveros de corales y restaurar los arrecifes. A la par, acompañan a estudiantes de la Universidad de Mayagüez en su formación sobre ciencias marinas, dándoles bases para explorar aún más esta profesión. A través de su guía no solo aprenden, se empoderan y reconocen la importancia de tomar acción para hacer una diferencia real y positiva en su territorio.

Su propósito, además de educar y generar conciencia sobre la urgencia de proteger los mares, es conectar la ciencia con la comunidad y convertirse en un puente: uno que transforme el conocimiento en acción y devuelva a las personas la responsabilidad —y la posibilidad— de cuidar el océano que las rodea.

Foto cortesía: Amandocéano.

Porque comprender el mar no basta si ese conocimiento no sale del laboratorio y no llega a la gente. “De qué vale a veces hacer esta ciencia y no compartirla o no traducirla a la comunidad para que ellos aprendan lo que está pasando aquí, y para que ellos puedan participar de eso”. Ahí es donde, para Amanda, el conocimiento empieza a transformarse en cambio.

Pero para comprender las amenazas que pesan sobre el océano, es necesario mirar también hacia tierra firme. Allí donde la educación no siempre llega, donde más del 60 % de la población no sabe nadar —sí, en una isla; el mar deja de ser fuente de vida y se vuelve peligro. La falta de conocimiento genera una brecha transformando al mar en amenaza y no en sustento, en algo a lo que se teme antes de entender que es un recurso finito, vivo, que necesita ser cuidado. 

Educar para concientizar

Así como ella decidió desafiar sus propios límites y vencer sus miedos, hoy busca que otros también lo hagan y dejen de ver el mar como algo negativo o peligroso. Ese cambio ya empieza a sentirse en la comunidad, pero no ocurre sin fricción. El reto más persistente sigue siendo la desinformación, sobre todo en las redes sociales; un territorio ambiguo que ha sido aliado de su proyecto, pero que también puede volverse obstáculo cuando el exceso de información —no siempre verídica— alimenta estigmas o difunde datos erróneos.

Foto cortesía: Amandocéano.

A esto se suma una ausencia más amplia. A nivel nacional, el Estado no acompaña estas iniciativas con políticas públicas capaces de fortalecer la protección y conservación del mar. Por el contrario, persiste un vacío, una inacción de las autoridades responsables de implementar estrategias sólidas de manejo costero y de los recursos naturales. Esa falta de ejecución, frente a una crisis climática que ya está en curso, termina dejando a las comunidades en una situación de mayor vulnerabilidad.

Frente a esa inacción, disputas como el avance de las construcciones costeras sobre el litoral se han vuelto uno de los ejes centrales de lucha, tanto para el territorio como para la ONG. Pues no hay que olvidar que cada decisión que se toma de espaldas al océano no solo daña un ecosistema, si no que redefine, para bien o para mal, la forma en que la isla elige convivir con el mar.

La pérdida de costa y de corales es hoy una de las problemáticas más urgentes del país, entre muchas otras que atraviesan al territorio. No solo porque los corales sostienen una enorme biodiversidad, sino porque su desaparición implica perder la protección natural que resguarda la costa y, con ella, a las comunidades. En una isla como Puerto Rico, cuya posición geográfica la expone de manera directa a huracanes cada vez más intensos, la fragilidad se multiplica cuando las costas no están protegidas. La erosión avanza, el nivel del mar continúa en ascenso y el horizonte se vuelve alarmante: un futuro vulnerable, inestable e incierto, donde cada pérdida deja a la isla un poco más expuesta.

Foto cortesía: Amandocéano.

Por eso las acciones que realizan quienes forman parte de Amandocéano cobran un sentido profundo. No solo porque buscan revertir el estigma en torno al desinterés por proteger los recursos marinos, sino porque apuntan directamente a resguardar una biodiversidad que hoy está en riesgo; que generaría una pérdida que no sería solo ambiental, sino social: capaz de transformar la vida de la isla si no se actúa a tiempo. Porque el mar no es solo agua; es fuente de recursos, sostiene economías, provee alimento y condiciona, de manera directa, la forma en que Puerto Rico puede habitar su propio futuro.

Así, se vuelve vital fomentar el respeto y el interés por el cuidado del mar desde los más pequeños: los niños. Inculcarles esa importancia no es un gesto menor, es sembrar un cambio que se proyecta en las próximas generaciones. Es empoderarlos, arraigar la protección del océano como algo natural, cotidiano; pero sobre todo, como algo esencial para la vida en la isla.

Además, buscan que las ciencias marinas dejen de percibirse como algo técnico, distante o aburrido, y se transformen en una experiencia viva, cercana, estimulante de aprender y de hacer, capaz de despertar curiosidad. Porque cuando el conocimiento se vuelve disfrutable, más personas se involucran, toman acción y se comprometen con la protección de un recurso que, de desaparecer, pondría en riesgo no solo a la isla, sino la estabilidad de todo el planeta.

Foto cortesía: Amandocéano.

Gracias a la inspiración y motivación que genera Amandocéano, hoy más puertorriqueños no solo se interesan por proteger el mar y sus recursos sino que comienzan a ver las ciencias marinas como una posibilidad real para construir su futuro y, al mismo tiempo, hacer una diferencia en su propio territorio. 

Así, cada limpieza de playa, cada vivero de corales, cada charla con estudiantes es una semilla que crece en el archipélago: despierta curiosidad, rompe miedos y transforma la relación de las personas con la biodiversidad que los rodea. Ese nuevo enfoque refleja un cambio profundo: el mar está dejando de ser solo un paisaje o una amenaza y se está empezando convertir en un espacio vivo de cuidado, acción y responsabilidad que impacta la economía, la cultura y el futuro de Puerto Rico.

El océano sigue allí, infinito y cambiante, recordándonos que somos parte de algo mucho más grande. Cada arrecife, cada pez, cada planta que habita sus aguas es un hilo que sostiene la vida en la isla y más allá. Protegerlo no es solo una acción, es aprender a escuchar su voz, a comprender su fragilidad. Así, cada gesto de respeto, cada enseñanza compartida, se convierte en una red de vida que se multiplica, uniendo a personas, comunidades y generaciones; porque solo cuando el mar es cuidado la isla puede prosperar, sostenerse, crecer, y nosotros con ella.

  1. Gladys

    Muy interesante el contenido de este artículo que nos muestra como aprender, cuidar y proteger el océano, una riqueza tan valiosa para la humanidad.
    Gracias a Amanda por su interés en difundir su importancia, gracias a Amandoceano por mostrarle a su comunidad como valorar su riqueza marina.
    Gracias a Impacto por dar a conocer proyectos de tal envergadura que nos muestran que es posible generar el cambio y redundan en el beneficio de todos
    Felicitaciones

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