Fundación Cima y la batalla por la detección temprana

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Un enfoque integral para promover el diagnóstico oportuno y la prevención.

Hay diagnósticos que llegan tarde no por falta de síntomas, sino por prejuicios. Por creer que la enfermedad tiene edad, apariencia o antecedentes específicos. Por asumir que un cuerpo joven y activo no puede estar en riesgo. Así comenzó la historia de la Fundación Cima en México: no como un proyecto planificado, sino como una respuesta urgente ante una falla del sistema y una experiencia que pudo costar una vida.

Alejandra de Cima tenía 30 años cuando notó una alteración en una de sus mamas. No era dolorosa ni evidente, pero lo suficientemente inusual como para encender una alerta. Acudió al médico buscando respuestas, pero estas no llegaron. Su edad, su estilo de vida activo y la ausencia de antecedentes pesaron más que la señal que su cuerpo estaba dando, y el hallazgo fue descartado sin mayor profundización. Meses después, al insistir y acudir a un oncólogo, la confirmación llegó: cáncer de mama. Habían pasado entre seis y ocho meses desde aquella primera consulta, un tiempo que, en una enfermedad donde la detección temprana es determinante, puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Alejandra tenía acceso al sistema de salud y recursos. Aun así, el diagnóstico no fue oportuno. Esa certeza la enfrentó a una pregunta inevitable: ¿qué pasa entonces con las miles de mujeres que no cuentan con esas condiciones? ¿Cuántas historias similares quedan atrapadas entre el miedo, la desinformación y un sistema que no siempre escucha? Allí entendió que su historia no era excepcional, sino el reflejo de una falla estructural que se repetía en silencio y decidió intervenir donde el sistema no estaba llegando.

Alejandra De Cima, presidenta y fundadora Fundación Cima

De esa pregunta nació en 2002 la Fundación Cima, con un objetivo claro: cerrar la brecha entre la información, la prevención y el acceso al diagnóstico oportuno. En un contexto donde incluso nombrar el cáncer era un tabú —una palabra que se susurraba—, la fundación apostó por algo esencial: hablar claro, educar de forma cercana y devolver a las mujeres el conocimiento sobre su propio cuerpo.

El objetivo inicial fue sencillo y profundo a la vez: acercar la información de manera humana, cercana, comprensible. Reeducar a las mujeres para que entendieran que la detección temprana no es un detalle menor, sino lo que cambia por completo el curso de la historia. Porque un cáncer detectado a tiempo no solo aumenta las probabilidades de supervivencia, sino que puede implicar tratamientos menos agresivos y una mejor calidad de vida.

Hoy, más de dos décadas después, Cima trabaja a través de siete líneas de acción que abordan la enfermedad de manera integral. Eliza Puente, directora de la fundación, lo resume con una idea central: una persona con cáncer nunca está sola. No es un individuo enfrentando la enfermedad, es un grupo de personas —familia, cuidadores— que atraviesan juntos todos los desafíos que implica.

Eliza Puente, directora Fundación Cima

Por eso, uno de los pilares del trabajo de Cima es la contención emocional, tanto para pacientes como para quienes los acompañan. A esto se suma la entrega gratuita de insumos postoperatorios: prótesis, brasieres especializados, pelucas. Elementos que no solo responden a una necesidad física, sino que ayudan a reconstruir la autoestima y la identidad en un momento de enorme vulnerabilidad.

La fundación también prioriza llevar el diagnóstico oportuno a distintas regiones del país, especialmente a comunidades en situación de vulnerabilidad socioeconómica. No solo educan a las mujeres en prevención y autocuidado, sino que capacitan al personal de salud que las recibe, buscando que el primer contacto no sea una barrera, sino una oportunidad para detectar a tiempo.

Pero el acompañamiento va más allá: transporte para pacientes, actividades de sensibilización comunitaria, incidencia en políticas públicas y alianzas con organizaciones nacionales e internacionales. Gracias a este trabajo sostenido, la Fundación Cima se ha convertido en un referente en México y Latinoamérica en detección temprana y acompañamiento integral, salvando miles de vidas.

Sin embargo, uno de los mayores desafíos sigue siendo cultural. El mito más peligroso persiste: “a mí no me va a pasar”. La falsa idea de que el cáncer de mama solo afecta a mujeres mayores, con antecedentes o estilos de vida específicos, hace que muchas personas no se realicen chequeos periódicos. Aunque cerca del 45 % de los casos se presentan en mujeres mayores de 50 años, esto no excluye al resto de la población. El cáncer puede desarrollarse en cualquier cuerpo, en cualquier momento, incluso en hombres.

Desde la fundación lo explican con claridad: todas las personas tenemos células que pueden mutar y volverse potencialmente cancerosas, un proceso que puede tardar entre cinco y diez años en manifestarse como un tumor detectable. Ese margen de tiempo es la ventana más valiosa para actuar. Cuando el cáncer se diagnostica a tiempo, no solo aumentan las probabilidades de supervivencia, sino que los tratamientos suelen ser menos agresivos y más efectivos.

Pero la realidad en México es alarmante: al menos el 70 % de los casos se detectan en etapas tardías. Solo en el caso del cáncer de mama entre 18 y 20 mujeres mueren cada día. Muertes que, en muchos casos, pudieron evitarse con información, prevención y acceso oportuno.

Frente a este escenario, la detección temprana se vuelve una herramienta decisiva. Y comienza con algo básico pero poderoso: conocer el propio cuerpo. Cambios en la piel, hundimientos, secreciones, alteraciones en la forma o posición de las mamas, así como bultos o molestias en las axilas, pueden ser señales de alerta. La autoexploración y la autoobservación no sustituyen los estudios médicos, pero sí constituyen el primer paso para buscar atención especializada a tiempo.

Cuando la detección abre la puerta, el acompañamiento marca la diferencia. La Fundación Cima está presente en cada etapa: desde descartar un diagnóstico hasta atravesar tratamientos complejos, incluso en casos de metástasis. Porque el objetivo no es solo vivir más, sino vivir mejor, reconociendo que la enfermedad nunca es individual y siempre impacta a quienes rodean a la persona.

Después de 23 años de trabajo, más de 600 mil personas han sido alcanzadas por la labor de la fundación. Pero su impacto va más allá de las cifras. Cada mujer que aprende a cuidarse, cada persona que pierde el miedo a revisarse, se convierte en replicadora del mensaje. En una red silenciosa pero poderosa de autocuidado y conciencia colectiva.

Ese efecto multiplicador es, justamente, el corazón del mensaje que impulsa la fundación: escuchar el cuerpo es una oportunidad de vida. No postergar, no minimizar, no ignorar las señales ni sostener la creencia de que “a mí no me va a pasar”. Por eso también subrayan la importancia de las redes de apoyo —entre hermanas, amigas, madres, hijas, vecinas—, porque muchas veces una simple conversación puede marcar la diferencia entre llegar tarde o llegar a tiempo.

Detectar una anomalía en las mamas —o incluso no percibir cambios evidentes— no exime de la responsabilidad del cuidado. Los estudios de rutina y la consulta con especialistas siguen siendo indispensables para confirmar o descartar un diagnóstico. La autoobservación es el inicio, pero nunca el final del camino: la detección oportuna requiere seguimiento médico, información confiable y acceso real a los servicios de salud.

Desde esa convicción, la fundación sostiene una idea central: el cáncer de mama puede atravesar a cualquiera, sin distinción de edad, antecedentes o contexto. Lo que marca la diferencia es el acceso a información clara, la detección temprana y la posibilidad real de actuar a tiempo. La Fundación Cima trabaja precisamente en ese punto crítico donde una decisión informada puede cambiar el rumbo de una vida: cuando prevenir, detectar y atender deja de ser un privilegio y se convierte en una oportunidad concreta de futuro.

Prestarle atención al cuerpo no es una recomendación: es una decisión que puede salvar la vida. El cuerpo avisa, insiste, habla, pero muchas veces no se lo escucha. No por falta de señales, sino por miedo, por negación o por la creencia peligrosa de que la enfermedad siempre le ocurre a otros. 

Hoy, muchas personas atraviesan etapas avanzadas de cáncer no porque no hubiera alternativas, sino porque ese momento de detenerse, observarse y actuar fue postergado. El costo de no hacerlo no es abstracto: se mide en tratamientos más agresivos, en oportunidades perdidas y, en demasiados casos, en vidas que pudieron haberse cuidado a tiempo.

Después de más de dos décadas de trabajo y de miles de vidas impactadas, la Fundación Cima no se detiene. Su apuesta hoy es ir más allá de la urgencia y trabajar sobre el origen: cambiar la mentalidad desde edades tempranas. Con el lanzamiento de Cima Educa, la fundación busca llegar a los colegios y abrir conversaciones que casi nunca se tienen a tiempo, para que los adolescentes aprendan desde ahora sobre prevención, detección temprana y autocuidado. Porque formar estos hábitos no es solo educar: es construir una cultura donde el cuidado del cuerpo sea una prioridad y no una reacción tardía.

Seguir colaborando con organismos internacionales e incidir en políticas públicas también forma parte del camino. Pero el desafío más profundo es cultural: transformar la manera en que entendemos el autocuidado. Porque el cuerpo es uno solo, irremplazable, y lo que hagamos —o dejemos de hacer— con él tiene efectos que no admiten marcha atrás, porque cada decisión cuenta, incluso la que no se toma, y cada momento descuidado puede ser la diferencia entre salvar la vida o perderla.

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2 comentarios

  1. Gladys Restrepo

    La palabra “CANCER” tiene un efecto de terror en la mayoría de las personas, sea cual sea el tipo de cáncer, es un tema que pesa asusta y agobia.
    La Fundación Cima su fundadora y todo su equipo de colaboradores hace una labor de educación y concientización, labor que marca la diferencia por el mismo efecto multiplicador que hace que muchas personas tomen conciencia de la importancia de cuidar su cuerpo.
    Un médico Colombiano siempre dice algo así como que: ” el cuerpo llora lo que el alma calla”.
    De allí la importancia de explorar y conocer nuestro cuerpo, aprender a reconocer sus cambios, aprender a escucharlo, de esa forma actuar a tiempo.
    Gracias a la fundación Cima a sus colaboradores, a Alejandra que transformó su experiencia en una oportunidad.
    Gracias a revista Impacto por hacer parte de manera indirecta de esa campaña de educación y concientización en todos los temas que desarrolla.