Lo que empezó como un apoyo a licencias ambientales se convirtió en el motor de una red de reservas que hoy protege miles de hectáreas en el Casanare.

Al este de Colombia, entre los departamentos de Arauca, Vichada, Meta y Casanare, se encuentra una de las zonas naturales más ricas y biodiversas del país: los Llanos Orientales. En esta tierra de horizontes infinitos, las sabanas inundables y de altillanura se extienden como un océano interminable que se funde con el cielo.
El sol baña las nubes con naranjas y rojos vibrantes dando paso a la vida silvestre. Entre los pastos surgen los chigüiros, los jaguares, los venados y el oso hormiguero; mientras por los cielos vuelan garzas, corocoras y guacamayas.
Allí, donde las sabanas se inundan y se repliegan según el pulso de las lluvias, la vida se multiplica, y se convierte en un centro vital de agua que provee servicios ecosistémicos esenciales y que sirve de hogar a cientos de especies.

Con cerca del 28 % del territorio nacional, la Orinoquía es una de las regiones más extensas del país y, sin embargo, pese a su inmensidad y riqueza, ha sido históricamente un territorio poco conocido, incluso para muchos colombianos: un espacio visto más como frontera productiva que como ecosistema vivo. Durante décadas, sus tierras fértiles atrajeron la agricultura, la ganadería y, más tarde, la industria petrolera, que convirtió a la región en uno de los principales pilares energéticos del país.
Aunque desde sus inicios la ganadería fue más sustentable y mantuvo un vínculo más armónico con el paisaje, la llegada del petróleo transformó profundamente la relación con el territorio. El foco se desplazó hacia la explotación intensiva de los recursos y se hizo evidente una carencia: la necesidad de investigación, regulación ambiental y profesionales capaces de comprender la complejidad de estos ecosistemas y protegerlos.
Entre esa necesidad de investigación, regulación y conservación surgió en 2011 la Fundación Cunaguaro, impulsada por la ecóloga Laura Miranda y su esposo. En sus inicios, el proyecto se enfocó en acompañar procesos de licenciamiento ambiental, pero muy pronto ese marco quedó corto. Cumplir requisitos no alcanzaba. El territorio exigía algo más hondo: comprender sus ecosistemas, protegerlos de forma activa y construir la conservación junto a las comunidades.

En esa búsqueda y, gracias a una alianza que se gestó con Parques Nacionales en 2015, la fundación comenzó a fortalecer la protección de las áreas naturales mediante la creación de reservas. Hoy, gracias a ese trabajo sostenido, Casanare es el departamento con más reservas naturales del país, pues Cunaguaro se convirtió en un puente entre autoridades, propietarios de tierras y ecosistemas frágiles, resguardando extensas áreas de sabanas inundables.
Con el paso de los años, el proyecto creció al ritmo del territorio. Se expandió escuchando sus necesidades y se consolidó como un referente en educación ambiental, investigación y monitoreo de la biodiversidad. Sus acciones se enfocan, por ejemplo, en especies como las aves y el oso hormiguero, que son indicadores sensibles de la salud de los ecosistemas. A la par, ha tejido alianzas con el sector privado para construir estrategias de conservación que no solo respondan al presente, sino que permitan sostener el futuro.
Uno de los rasgos que más distingue a la fundación es su trabajo comunitario. Cunaguaro parte de una certeza: la conservación tiene mayor éxito si nace desde el territorio. Por eso integra los saberes locales y promueve que sean las propias comunidades quienes se empoderen de los procesos, asegurando su permanencia en el tiempo. En este camino, también incorporan actividades productivas acordes a las dinámicas de las sabanas inundables y las altillanuras, buscando generar sostenibilidad sin romper el equilibrio y paisaje natural.

Aunque la explotación de los recursos ha sido intensa, en el Llano persiste un lazo antiguo con la tierra. La cultura llanera no concibe el territorio como un objeto, sino como un lugar habitado, vivido, heredado. Ese vínculo profundo ha sido clave para el proyecto, pues ya existía una sensibilidad hacia el cuidado de los recursos, sobre todo del agua, que gobierna los ciclos del Llano entre sequías que agrietan la tierra y lluvias que la devuelven al origen. Desde ahí nace hoy la búsqueda por diversificar las actividades económicas, pensando no solo en el presente, sino en un futuro donde conservar también sea una forma de habitar el Llano.
En esa búsqueda por cuidar el territorio sin romperlo, el turismo comenzó a abrirse paso como un aliado. El Casanare -departamento en el que trabaja la fundación- empezó a mirarse distinto, no solo como un lugar de paso o de extracción, sino como un paisaje vivo que podía ser recorrido con respeto. Así, el turismo dejó de ser solo una actividad económica para convertirse en una forma de acompañar la conservación y sostenerla en el tiempo.
Aunque la empresa turística funciona de manera independiente, su camino se entrelaza directamente con el de la fundación. Su propósito es claro: promover el turismo de naturaleza y la observación de fauna de forma responsable. Esto implica otra lógica: recorridos con grupos pequeños, tiempos lentos, presencia cuidadosa. No es turismo masivo. Es una experiencia limitada que reduce de forma drástica el impacto ambiental. Sus costos son mayores, pero también lo es su sentido: garantizar la biodiversidad del ecosistema y despertar una atención consciente sobre el territorio y los recursos que lo sostienen.

Gracias a este trabajo sostenido, se ha tejido una red sólida con las comunidades y, al mismo tiempo, el Casanare ha comenzado a abrirse al mundo. La región, junto al sector privado que se ha sumado a la causa, se proyecta hoy como un ejemplo de conservación, como un modelo que inspira y demuestra que estos procesos pueden replicarse en otros territorios.
Este proceso también ha ido transformando la manera en que el Casanare se nombra y se piensa a sí mismo. El departamento comienza a diferenciarse a nivel nacional no por lo que extrae, sino por lo que protege. Desde allí han surgido modelos propios, construidos según las necesidades y características del territorio. Al mismo tiempo, se ha fortalecido el arraigo y el orgullo llanero: una reafirmación de la identidad, de la cultura y de la forma íntima de habitar el paisaje.
En paralelo, la investigación ha dejado de ser lejana. Poco a poco se acerca a la gente, circula por las comunidades, abriendo caminos de conocimiento en una región de altísimo valor ecosistémico que durante años fue tan inmensa como desconocida.

Aunque son muchos los años de trabajo y logros, el camino no ha sido fácil. Hoy Laura es reconocida como una pionera de la conservación en el territorio y a nivel nacional. Incluso algunos la llaman “la guardiana del Llano”, un nombre que habla más de la cercanía con la gente y el ecosistema que de títulos. Y junto a ella, otras mujeres han ido creciendo en liderazgo dentro de la comunidad, multiplicando este cuidado y haciéndolo colectivo.
Por eso, como llanera pura, Laura no habla del Llano solo como un paisaje que debe protegerse, sino como un cuerpo vivo. Sabe —y lo dice desde la experiencia— que cuidar los Llanos es cuidar cada forma de vida que los habita, pero también un equilibrio más grande: el de las sabanas inundables, que no solo albergan una biodiversidad inmensa, sino que enlazan la región Andina con la selva. El Llano es puente, es tránsito, es sostén. Sin él, otros mundos no podrían existir.
A esta riqueza natural se entrelaza una riqueza cultural profunda. Los saberes locales, las tradiciones, el folklore y la recursividad de su gente hacen del Casanare y de la Orinoquía un territorio con identidad propia, donde la vida se cuida, se nombra y se transmite.

Después de tantos años de caminar el territorio, Laura y el equipo de la Fundación sueñan con que este trabajo no se detenga en ellos. Quieren que sean las nuevas generaciones quienes continúen este camino, que hagan de la conservación una forma propia de habitar el Llano.
Hoy cuidan una reserva que ya es refugio, y proyectan ampliar su alcance: proteger nuevas zonas, seguir creciendo junto a las comunidades y sostener en el tiempo un modelo que nació del respeto por la tierra.
Crear una imagen esperanzadora en tiempos de crisis ambiental es también parte de su propósito. Demostrar que existen otras maneras de hacer las cosas y de habitar el territorio. Que es posible producir sin arrasar, habitar sin destruir, crecer sin borrar lo que nos sostiene, porque el Llano no es un vacío entre selvas y montañas: es un sistema vital que hace posible la vida.
Deja un comentario