Ysabel Calderón: mujeres, abejas y la fuerza de la colectividad

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Desde Sumak Kawsay enseña a cuidar abejas nativas sin aguijón y otros polinizadores, restaurar bosques y generar autonomía económica para mujeres rurales en Lambayeque.

Foto: Sumak Kawsay

Entre la espesura de las montañas, allí donde se forman capas de relieve entre los cerros; donde por las grietas de la tierra corren arroyos delgados que nacen en las partes altas y descienden buscando los valles. Allí, donde se levantan árboles de troncos gruesos y corteza rugosa, cargados de historia, y las raíces profundas buscan agua bajo la tierra; allí, donde todo a veces parece estar cargado de quietud pero en realidad está lleno de vida, allí, en Lambayeque, al norte de Perú, creció Ysabel Calderón.

Desde niña, Ysabel entendió que la naturaleza era mucho más que un simple paisaje. Supo de manera instintiva que los árboles existían para algo más que dar sombra y que las flores tenían un sentido más profundo que adornar el valle. Su conexión con el entorno era orgánica e inspiradora; tanto, que la llevó a convertirse, desde muy joven, en activista y ambientalista para luchar por algo básico pero transformador: la protección de nuestros recursos.

Aunque estudió ingeniería química, siempre tuvo un deseo más profundo: el de generar un cambio que realmente pudiera transformar su comunidad y la forma en la que se habita la naturaleza. De ese impulso por intentar transformar el deseo en acción, en 2017 decidió fundar Sumak Kawsay, que en quechua significa “buen vivir” o vivir en armonía con la naturaleza.

Foto: Sumak Kawsay.

Aunque Ysabel tenía claro que los rápidos avances de la crisis climática  —que hoy nos afectan a todos—, el consumo desmedido, la deforestación y tantos problemas ambientales que ya impactaban a su comunidad y nos están impulsando, a  nivel global, a un punto de no retorno; centró su preocupación en algo que quizás la mayoría no se percataba, pero que es indispensable para el mundo: las abejas nativas sin aguijón.

Estos diminutos seres, que para gran parte de la humanidad son casi inexistentes, para ella representaban el inicio de algo mucho más grande. Consciente de lo poco que se visibiliza el trabajo que implica la polinización y de lo fundamental que es este servicio ecosistémico para la producción de frutos y semillas, Ysabel también observaba con preocupación cómo la pérdida de hábitat de los polinizadores se hacía cada día más evidente.

Sin embargo, su mirada y sensibilidad no estaban centradas únicamente en lo ambiental. También observaba con preocupación un machismo muy marcado en su comunidad, un problema que, aunque es global, se acentúa especialmente en las zonas rurales. En este contexto, muchas mujeres no generan ingresos propios, a pesar de trabajar en el campo y, al mismo tiempo, asumir las labores de cuidado dentro de sus familias. Esta realidad evidenciaba otra desigualdad que también necesitaba ser transformada.

Foto: Sumak Kawsay.

Fue así como, a través de Sumak Kawsay, logró unir estas dos preocupaciones que la movían profundamente. Este emprendimiento socioambiental promueve la conservación de las abejas nativas sin aguijón y de otros polinizadores, mientras genera oportunidades para las mujeres de su comunidad.

Actualmente, esta iniciativa trabaja con una red de 60 mujeres de seis caseríos, quienes participan activamente en la conservación de estas abejas. Al mismo tiempo, el proceso fortalece su empoderamiento y les permite avanzar hacia una mayor autonomía e independencia económica. De esta manera, continúan siendo guardianas de las abejas, de los bosques y del ecosistema, mientras impulsan el desarrollo económico de sus comunidades a través del uso sostenible de los recursos.

Las abejas sin aguijón no son simples insectos; son pequeñas comunidades vivientes, con reinas, obreras y un orden social que parece reflejar el propio mundo humano en miniatura. Vuelan por territorios tropicales y subtropicales cercanos a la línea del Ecuador, llevando vida y polen a su paso. En América, Brasil alberga en unas 300 especies, mientras que Perú cuenta con unas 175, la mayoría en la vasta Amazonía. Pero en las montañas y los bosques secos de Lambayeque, tres especies de abejas nativas sin aguijón encontraron su hogar, adaptándose a este clima particular y convirtiéndose en testigos silenciosos de la vida que late entre el bosque seco y las montañas.

Foto: Sumak Kawsay.

A pesar de su nombre, estas abejas sí tienen aguijón, pero está atrofiado por siglos de evolución, incapaces de picar. Son más pequeñas que las abejas comunes, y su miel está cargada de propiedades medicinales que la hace especial. Pero su valor va mucho más allá de la miel: cada vuelo, cada polinización, sostiene la vida a su alrededor. Gracias a ellas, las plantas nativas pueden reproducirse, generando alimento no solo para las comunidades indígenas y campesinas, sino también para la fauna que habita estos bosques. Son pequeñas guardianas de un equilibrio que sostiene todo el ecosistema.

La mayoría de estas abejas construye sus hogares en los troncos huecos de árboles viejos, refugios que han tardado décadas en crecer y arraigarse. Pero esos antiguos guardianes del bosque desaparecen a un ritmo que duele: se estima que en las últimas décadas se han perdido cerca de 298,000 hectáreas de bosque seco. Cada árbol que cae, cada tronco que se quiebra, significa no solo la pérdida de un hogar para estas abejas, sino un golpe al delicado equilibrio que sostiene la vida en estos valles.

Su amenaza más grande no es visible a simple vista, pero es implacable. La deforestación, los pesticidas y los agrotóxicos usados en los monocultivos invaden su territorio silenciosamente. Estos factores afectan cerca del 80 % de la polinización de la flora local, poniendo en riesgo no solo a las abejas, sino a toda la red de vida que depende de ellas: las plantas, los animales y las comunidades que han aprendido a convivir con este ecosistema desde hace generaciones.

Foto: Sumak Kawsay

Para proteger a estas pequeñas guardianas del bosque, desde Sumak Kawsay han encontrado un camino que une naturaleza y comunidad. Por un lado, buscan visibilizar la importancia de estas polinizadoras: no solo por la miel medicinal que producen, sino por el papel fundamental que cumplen en el equilibrio de los ecosistemas. Por el otro, buscan empoderar a las mujeres de la región, dándoles las herramientas y la confianza para ser protagonistas de la conservación.

De esa convicción nació el programa Guardianas de las Abejas Nativas, un espacio donde las mujeres reciben talleres, formación y acompañamiento para convertirse en verdaderas protectoras de estas especies. Allí no solo aprenden sobre polinización, hábitats y cuidado de los enjambres, sino que también construyen redes entre ellas, compartiendo saberes, experiencias y un sentido profundo de propósito: cuidar la vida que las rodea mientras fortalecen su propia autonomía y vínculo con la tierra.

Pero no todo ha sido fácil. Entre los desafíos más persistentes se encuentra el machismo, una barrera silenciosa que marca la vida cotidiana en la comunidad. En los primeros años de Sumak Kawsay, algunos hombres miraban con recelo la participación de sus esposas, temerosos de ceder tiempo o espacio a un programa que no comprendían completamente. Sin embargo, poco a poco, la fuerza de la acción y el compromiso de estas mujeres comenzó a transformar esas miradas. 

Foto: Sumak Kawsay.

Cada taller, cada colmena cuidada, cada fruto protegido, se convirtió en un acto que mostraba no solo la importancia de las abejas, sino también la capacidad y autonomía de quienes las protegen. Hoy, esos mismos hombres ven cómo sus esposas se empoderan, cómo el conocimiento y la experiencia se convierten en confianza, y cómo la conservación puede ser un camino de transformación para toda la comunidad.

Por eso, desde Sumak Kawsay no buscan imponer soluciones ni enseñar desde fuera; más bien, abren puertas y muestran caminos. Caminos que permiten a cada persona darse cuenta del valor de los recursos que tienen en sus territorios y de cómo, con cuidado y respeto, pueden generar ingresos sostenibles mientras protegen la vida que los rodea. 

Dentro del programa Guardianas de las Abejas, el trabajo se organiza en tres componentes: investigación aplicada, restauración de ecosistemas y conservación de polinizadores. Cada acción tiene un propósito claro: proteger a las abejas y sus hábitats, y al mismo tiempo, fortalecer la vida de quienes conviven con ellas. 

Foto: Sumak Kawsay.

Gracias a estos esfuerzos, no solo se asegura la supervivencia de las especies, sino que también se incrementa la producción y la calidad de la miel, generando ingresos directos para las beneficiarias. Mujeres campesinas, muchas de ellas quechuahablantes, demuestran día a día que pueden ser autónomas, contribuir a la economía familiar y, al mismo tiempo, cuidar la tierra que las sostiene.

Aunque la restauración de ecosistemas en este programa apenas comienza este año, los logros de Sumak Kawsay ya son visibles: más de 2,500 árboles plantados, cada uno una promesa de vida, un refugio para las abejas y un futuro más sostenible para toda la comunidad. Cada brote que se levanta del suelo seco es también un símbolo de resiliencia, de la capacidad de mujeres y naturaleza para reconstruirse juntas.

La miel que producen estas abejas, aunque en menor cantidad que la de la Apis mellifera, es un tesoro líquido cargado de vida y salud. Cada especie aporta su propio sello: cuando las abejas recolectan el néctar y lo transforman con enzimas propias, crean mieles únicas, con propiedades terapéuticas. Algunas tienen mayor cantidad de antioxidantes, otras actúan como antimicóticas o antimicrobianas, y hay incluso variedades que pueden ser útiles en tratamientos contra el cáncer o aptas para personas con diabetes. Son mieles que cuidan, que curan, que nutren; y no solo eso: su sabor y versatilidad también las convierten en ingredientes culinarios con historia y sabor de la tierra.

Foto: Sumak Kawsay.

Desde Sumak Kawsay, este conocimiento se comparte y se impulsa, para que la miel deje de ser solo un producto y se transforme en un puente: un vínculo entre la naturaleza, la salud y la economía local, donde quienes la producen encuentran reconocimiento, autonomía y la posibilidad de transmitir la riqueza de su territorio a toda la comunidad

Otra de las iniciativas que surge de este emprendimiento es la Ruta de la Miel de Abeja, un servicio de agroturismo que combina conservación, cultura y empoderamiento. A través del turismo sostenible, las mujeres de la comunidad muestran su trabajo y su territorio, mientras los visitantes se acercan a conocer las colmenas, los bosques y los secretos de la miel que ellas mismas cosechan. Durante el recorrido, se realizan catas de miel que no solo despiertan el paladar, sino que también conectan a los turistas con las abejas, con la naturaleza y con la historia de estas mujeres que se han convertido en guardianas de su entorno.

Gracias a este trabajo colectivo, el impacto va más allá de la conservación. Las mismas mujeres han transformado su relación con la tierra y las abejas: ahora reconocen los árboles, los cuidan y comprenden la importancia de cada semilla y cada flor para mantener vivos los ecosistemas. Han asumido con orgullo su rol como protectoras de los bosques, reconociéndose a sí mismas como parte de la naturaleza y comprendiendo que su cuidado no solo beneficia a las abejas, sino a toda la biodiversidad que las rodea.

Foto: Sumak Kawsay.

Asimismo, se ha ido tejiendo una conexión profunda entre las comunidades. Aprender a trabajar juntas ha ido más allá de la restauración de bosques y la protección de las abejas: se ha convertido en una escuela de colectividad para la vida misma. Entre mujeres que antes quizás no se conocían o no compartían su experiencia, ahora existe apoyo, escucha y compañía. Y este conocimiento, estas prácticas, se transmiten a los hijos, quienes crecerán con la conciencia de ser los futuros guardianes de los bosques, de las abejas y de la biodiversidad que los rodea.

En todo este proceso, el reconocimiento de su rol como mujeres ha sido clave. Sumak Kawsay es el primer emprendimiento socioambiental de la comunidad que trabaja directamente con mujeres, y esa experiencia ha generado un vínculo de hermandad profundo que las fortalece y empodera día a día. Cada taller, cada colmena cuidada y cada árbol plantado no solo protege la vida del valle, sino que también refuerza la confianza y la autonomía de quienes sostienen este cambio, convirtiendo la conservación en un acto colectivo, humano y transformador.

En esa conexión tan profunda que Ysabel mantiene con las abejas y la naturaleza, sabe que no todos comparten esa mirada, y que es urgente tender puentes para reconectar con lo que nos sostiene. Recuerda siempre las palabras de un abuelo que trabajaba con plantas medicinales y la música medicina. Él la guio en su conexión con la naturaleza y con sus sabios consejos y medicina le enseñó: “No eres tú, no soy yo, somos”. Somos comunidad, somos lazo, somos unión. Cada persona tiene su rol, pero al igual que en un enjambre, donde cada abeja conoce su tarea, el verdadero poder está en la colaboración. Es la suma de esfuerzos, el trabajo compartido, lo que mantiene el equilibrio y lo fortalece.

Foto: Sumak Kawsay.

Olvidarse del ego, comprender que somos parte de algo más grande, es la lección que guía cada acción de Ysabel. Porque uno puede avanzar solo hasta cierto punto, pero en comunidad, con cada mano que aporta, cada vida que se cuida, se puede llegar más lejos, más alto, y sostener un futuro que es de todos. Es la filosofía que late en Sumak Kawsay: el respeto a la naturaleza, la protección de las abejas y el empoderamiento de las mujeres como parte de un mismo tejido que crece, se fortalece y transforma la vida de toda la comunidad.

Las abejas nos recuerdan aquello que Ysabel aprendió desde niña y que el abuelo le recordó: que no estamos solos, que somos parte de algo más grande. Vivir en comunidad, escuchar la naturaleza a través de las plantas, el aire y el sol, restablecer ese vínculo con lo esencial: la fuente de toda vida.

Estas pequeñas arquitectas sostienen los bosques con su polinización, y de ellos nace nuestro alimento, nuestra agua, nuestra supervivencia. Protegerlas no es solo cuidar a las abejas, sino también la tierra que nos sostiene, los ecosistemas que alimentan a las comunidades y el equilibrio que conecta a todos con la vida. Cada acción por ellas es un acto que fortalece a la comunidad y al ecosistema que habitan.

Foto: Sumak Kawsay

Más allá de Sumak Kawsay, Ysabel sueña con un legado que trascienda su propio trabajo: que siempre recordemos vivir y actuar por la naturaleza, porque hemos perdido la conexión con ella y con lo que significa protegerla. Nos olvidamos de que de la tierra proviene todo lo que somos y necesitamos, y que cada acción que hacemos impacta en ese tejido vital que nos sostiene.

Por eso, Ysabel espera que la restauración nunca cese, que nunca dejemos de sembrar, porque una semilla encierra vida, y de esa vida dependemos todos. Que recordemos que somos parte de la naturaleza, que juntos formamos comunidad, y que cada uno de nosotros puede convertirse en guardián de la tierra. Porque si las abejas nos enseñan algo, es que la fuerza está en la colectividad, y que juntos podemos sostener la vida, transformar territorios y dejar una huella que perdure más allá de nosotros.

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