Quili.AI: la comunidad chilena que enfrentó la huella hídrica de la inteligencia artificial

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Una campaña creada por vecinos de Quilicura puso en evidencia el costo ambiental oculto detrás de la IA y convirtió a una comuna olvidada en el centro de una conversación global.

Foto: Quili.AI

Hay lugares donde el agua todavía corre bajo tierra como una memoria silenciosa. Quilicura, en el sector norte de Santiago de Chile, es uno de ellos. Mientras gran parte de la Región Metropolitana enfrenta una crisis hídrica cada vez más profunda, esta comuna aún conserva acuíferos propios. Reservas subterráneas que durante décadas sostuvieron el territorio casi en silencio, como si la tierra guardara algo que el resto de la ciudad ya había perdido.

Pero el agua también atrae. Y en Quilicura, esa abundancia terminó convirtiéndose en una amenaza.

Desde 1985, la comuna no cuenta con un plan regulador actualizado, el instrumento que permite ordenar el desarrollo urbano y definir qué tipo de industrias pueden instalarse, cómo deben hacerlo y bajo qué condiciones. Ese vacío legal abrió la puerta a una transformación acelerada del territorio. Empresas tecnológicas, industrias y grandes compañías comenzaron a instalarse aprovechando la ausencia de regulación y, sobre todo, la existencia de agua disponible.

Hoy Quilicura convive con parques industriales, empresas cerveceras y enormes centros de datos que extraen recursos hídricos de la comuna para sostener sus operaciones. Ya existen seis data centers funcionando y hay proyecciones para construir al menos tres más. De concretarse, Quilicura se convertiría en la comuna con mayor concentración de centros de datos de toda Latinoamérica.

Pero mientras el mundo habla de inteligencia artificial, innovación y futuro digital, en Quilicura la discusión ocurre en otro nivel: el del agua, el calor y la supervivencia del territorio.

Los centros de datos son enormes infraestructuras diseñadas para almacenar servidores, sistemas de red y equipos que sostienen internet, la nube y gran parte de las herramientas digitales que usamos todos los días. Google, Ascenty, Sonda, Cirion Technologies, Aligned Data Centers y Equinix son algunas de las empresas que operan estos gigantes tecnológicos en la comuna. El problema no es únicamente su existencia, sino cómo funcionan.

Cuando estos servidores están operando, pueden superar temperaturas de más de 30 grados. Para evitar el colapso necesitan sistemas de enfriamiento constantes. En Quilicura, gran parte de ese proceso ocurre mediante enfriamiento evaporativo: se extrae agua de los acuíferos y se rocía sobre corrientes de aire caliente para reducir la temperatura de los servidores. El agua se evapora, absorbe el calor y desaparece.

Un solo centro de datos promedio puede consumir entre 300 mil y 500 mil galones diarios, más de un millón de litros de agua al día. El equivalente al consumo de una ciudad de hasta 50 mil habitantes.

Pero además, el proceso genera otro efecto invisible: las llamadas islas de calor. El sistema de evaporación altera las temperaturas del entorno y aumenta la preocupación de la comunidad sobre el impacto climático que estos complejos podrían tener en el territorio.

Mientras tanto, Quilicura sigue intentando convivir con un paisaje donde los niños crecen rodeados de parques industriales y no de parques naturales.

La comuna apenas cuenta con un parque construido por Google. Pero incluso ese espacio terminó convirtiéndose en símbolo de la desconexión entre las empresas y el territorio: fue inaugurado sin sistema de riego y los árboles terminaron secándose.

Al mismo tiempo, el humedal de Quilicura lleva años resistiendo el impacto de residuos y contaminación provenientes de distintas industrias instaladas en la zona. La comunidad observa cómo el ecosistema se deteriora mientras intenta defender uno de los pocos espacios naturales que todavía sobreviven.

Fue en medio de esa preocupación donde comenzó a surgir otra pregunta. Una más incómoda.

¿Qué costo ambiental tiene realmente la inteligencia artificial?

Porque la discusión nunca fue si la IA es buena o mala. El problema, para los vecinos, era otro: la falta de información sobre la huella hídrica que deja el uso cotidiano de estas tecnologías y el silencio que existe alrededor del tema.

La mayoría de las personas usa inteligencia artificial sin saber cuánta agua se necesita para sostener cada consulta, cada imagen generada, cada búsqueda automatizada. Y esa falta de conocimiento no es casual. Las empresas dueñas de los servidores rara vez transparentan el impacto ambiental completo de sus operaciones.

Desde esa inquietud nació Quili.AI. La iniciativa fue impulsada por la Corporación Ngen y la Fundación Avina —organización con presencia en Argentina que también ha alertado sobre la posible instalación de centros de datos en la Patagonia debido a sus condiciones climáticas— junto a la agencia Tombras y la propia comunidad de Quilicura.

Foto: Quili.AI

La propuesta parecía simple, pero contenía una idea profundamente simbólica: crear, por un día, una inteligencia humana. No artificial. Humana.

El 31 de enero de 2026, cincuenta vecinos de Quilicura se reunieron en un club deportivo de la comuna para responder preguntas enviadas desde distintas partes del mundo. La plataforma, diseñada por Tombras, permitió recibir consultas en tiempo real desde Chile, Reino Unido, Argentina, España, Canadá, Países Bajos, Brasil, Alemania, Francia y muchos otros países.

La lógica era completamente opuesta a la de la IA. Aquí no respondía un algoritmo alimentado por servidores enfriados con millones de litros de agua. Respondía una comunidad.

La enfermera respondía preguntas de salud. El profesor de filosofía contestaba reflexiones existenciales. Las vecinas apasionadas por la cocina compartían recetas. Cada persona aportaba desde su experiencia, oficio y conocimiento cotidiano.

En total recibieron más de 25 mil preguntas. Algunas eran prácticas. Otras profundas. Pero hubo algo que los marcó especialmente: muchas personas escribían simplemente porque se sentían solas y necesitaban conversar con alguien.

Foto: Quili.AI

Ahí entendieron que el problema iba más allá de la tecnología. La inteligencia artificial también estaba reemplazando algo humano: la conversación, el vínculo, la comunidad. Quili. AI proponía justamente lo contrario. Volver a preguntarle a otro ser humano. Recuperar la idea del vecino, del amigo, del familiar que sabe algo y puede ayudar. Reconstruir esa red que las pantallas han ido debilitando.

Lo que ocurrió ese día superó cualquier expectativa. Aunque la iniciativa solo duró 24 horas, el impacto fue descomunal. Más de mil millones de personas conocieron el proyecto alrededor del mundo. Paradójicamente, Chile fue uno de los últimos países en interesarse realmente por la discusión.

La campaña se transformó en un acto pedagógico global sobre la huella hídrica de la IA. Un tema del que casi nadie hablaba y que, incluso hoy, sigue siendo desconocido para gran parte de la población mundial.

Simbólicamente, el proyecto logró ahorrar cerca de 500 litros de agua en un solo día. Aproximadamente la misma cantidad que una persona bebería durante ocho meses.

Foto: Quili.AI

Pero quizás el impacto más profundo fue otro. Por primera vez, muchos vecinos sintieron que su experiencia importaba. Que su voz tenía valor. Que podían transformar un problema local en una conversación mundial. Quilicura dejó de ser solo la comuna donde extraen agua para sostener servidores y pasó a convertirse en un territorio que interpela el modelo tecnológico global.

Cuatro meses después, el proyecto todavía sigue generando conversaciones en distintos países. Incluso hubo personas en Rusia hablando sobre la campaña y cuestionando la falta de información respecto al impacto ambiental de la inteligencia artificial.

La experiencia también dejó algo más claro: no se necesitan grandes recursos para generar cambios enormes. Lo que hicieron los vecinos de Quilicura fue convertir una preocupación colectiva en una acción concreta capaz de poner en evidencia el costo ambiental oculto detrás de la tecnología que usamos todos los días.

Foto: Quili.AI

Porque mientras el mundo avanza hacia una dependencia cada vez mayor de la IA, en Quilicura la comunidad sigue esperando respuestas.

Los representantes de los centros de datos no han entregado soluciones reales sobre el uso del agua ni sobre el impacto ambiental que generan estas infraestructuras. Muchas decisiones se tomaron sin considerar las necesidades de la población ni socializar las consecuencias para el territorio. Y aunque algunas empresas, como Google, prometieron implementar medidas más amigables con el medio ambiente, esos cambios recién comenzarían hacia 2030. Hasta entonces, el consumo hídrico seguirá ocurriendo.

La inteligencia artificial llegó para quedarse. Eso parece inevitable. Pero Quilicura abrió una discusión distinta: cómo convivir con ella sin destruir aquello que sostiene la vida.

Porque detrás de cada consulta automática, de cada imagen generada en segundos y de cada respuesta instantánea, existe algo que casi nunca vemos: agua evaporándose.

Y mientras el mundo sigue maravillándose con lo que las máquinas son capaces de hacer, una comunidad chilena recordó algo mucho más simple y mucho más urgente: que ninguna tecnología puede existir sin territorio, sin recursos y sin personas.

Foto: Quili.AI

Por eso Quili.AI no fue solo una campaña. Fue una advertencia, pero también una posibilidad.

La posibilidad de volver a mirarnos, de reconocernos en el otro y de entender que quizás el futuro no depende únicamente de crear inteligencias más avanzadas, sino de no perder aquello que ninguna máquina podrá reemplazar jamás: la capacidad humana de cuidar, de organizarse y de actuar colectivamente frente a aquello que amenaza la vida.

Porque la inteligencia artificial puede responder millones de preguntas en segundos. Lo que todavía no puede hacer es defender un humedal, salvar el agua de una comunidad o enseñarnos, otra vez, cómo volver a ser humanos.

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3 comentarios

  1. Eliana Rodriguez Rodriguez

    Mis respeto para estas personas que se preocupan por el medio ambiente.

  2. FABIOLA RODRIGUEZ VALDERRAMA

    Somos afortunados por tener personas que ayudan a cuidar nuestro país y nuestra naturaleza, gracias a la revista Impacto por ayudar y publicar estos articulos importantes para nuestra vida.

  3. CARLOS ALBERTO ECHEVERRI CORRALES

    Los interesantes artículos de la Revista IMPACTO,nos permite conocer proyectos de colectivos en diferentes países, que luchan por la conservación del medio ambiente .
    Es interesante conocer sobre la existencia de aguas subterráneas de gran valor hidrico para los habitantes de Quilicura en Chile, donde, ante la falta de regulación para su conservación permitieron la presencia de grandes empresas, creando un parque industrial, sediento por agua, necesaria para bajar las altas temperaturas, utilizando para sus sistemas de enfriamiento el agua de sus humedales..Se aplaude que la organización QUILI.AL con la colaboración de otras organizaciones, luchen por la protección de sus aguas, de esa Inteligencia Artificial ya acomodada, pero que deben desarrollar programas , aunque a futuro, estando al pendiente de su cumplimiento..

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