Ambá: la organización que reconecta a Uruguay con su naturaleza perdida

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Desde las sierras de Rocha hasta el río Uruguay, impulsan un modelo de conservación que une biodiversidad, comunidades y economías regenerativas.

Hay sueños que comienzan como una escapatoria y terminan convirtiéndose en una nueva forma de habitar el mundo. Ambá nació así. Primero fue el deseo íntimo de un grupo de amigos que quería mudarse a las sierras de Rocha, en Uruguay, para vivir más cerca de la naturaleza. Buscaban silencio, paisaje y una vida atravesada por el ritmo de la tierra. Compraron un campo con la idea de protegerlo, casi como quien resguarda un refugio personal, una pequeña reserva privada donde la vida pudiera mantenerse intacta.

Pero pronto entendieron algo fundamental: la naturaleza no reconoce alambrados. Lo que ocurría dentro de su predio no alcanzaba para transformar lo que sucedía más allá. La fauna se desplazaba, las amenazas cruzaban límites y la degradación del territorio no se detenía en una escritura de propiedad. Ese descubrimiento cambió por completo el rumbo de la iniciativa.

Lo que empezó como la conservación de un solo espacio se convirtió en una red. Comenzaron a trabajar con predios vecinos, extendiendo acciones de control de fauna exótica, monitoreo de mamíferos nativos, prevención de caza furtiva y restauración ecológica. Todo de manera artesanal, aprendiendo mientras hacían y comprendiendo cada vez más la dinámica del territorio.

En 2016 decidieron darle nombre a ese entramado que ya no cabía en la idea original: Ambá, una palabra en guaraní que significa guía o camino a seguir. Ese nombre terminó definiendo la esencia del proyecto: un camino que conecta la conservación ambiental con la sabiduría de los pueblos originarios y que busca reparar algo más profundo que la pérdida de biodiversidad: la desconexión entre las personas y la naturaleza.

Con el tiempo comprendieron que ningún proceso de conservación puede sostenerse sin las comunidades. Porque proteger un territorio no consiste solo en restaurar ecosistemas, sino también en reconstruir el vínculo cultural con ellos. De esa visión nació su modelo de “producción de naturaleza”, una propuesta innovadora en Uruguay que transforma la conservación en una oportunidad de regeneración social, económica y territorial.

La lógica es identificar áreas de alto valor ecológico, restaurarlas y, al mismo tiempo, generar usos públicos y economías locales sostenibles junto a quienes viven allí. Así, el conocimiento que antes podía estar asociado a prácticas extractivas encuentra un nuevo sentido. El mejor cazador puede convertirse en el mejor guía, porque conoce los senderos, el movimiento de la fauna y los silencios del monte. Ese saber resulta invaluable para el turismo de naturaleza, la interpretación ambiental y la transmisión cultural. Ambá no reemplaza ese conocimiento: lo resignifica, lo pone en valor y lo transforma en una herramienta de futuro.

En un país con enorme riqueza biológica, el trabajo adquiere un sentido urgente. Uruguay enfrenta una deuda histórica en materia de conservación. La escasez de áreas protegidas, la pérdida de fauna nativa y la ruptura del vínculo cultural con la naturaleza han profundizado una sensación de distancia entre el territorio y quienes lo habitan. Para Ambá, esa fractura también es consecuencia de una pérdida de memoria. La desaparición de gran parte de los pueblos originarios y la fuerte defaunación que ha vivido el país dejaron una huella silenciosa: una sociedad que muchas veces observa la naturaleza como algo externo, cuando en realidad forma parte de ella.

Por eso sus proyectos no solo restauran ecosistemas, también restauran cultura. Uno de los más emblemáticos es “Islas y Canales Verdes del Río Uruguay”, un corredor biocultural binacional entre Argentina y Uruguay que comenzó en 2020. El proyecto une las márgenes del río entre Fray Bentos (Río Negro, Uruguay) y Concepción del Uruguay (Entre Ríos, Argentina) , articulando humedales, islas, canales, bosques ribereños y pastizales de enorme valor ecológico y patrimonial.

Pero su apuesta va más allá de la protección territorial. Busca cambiar una idea profundamente instalada: que los ríos separan. Ambá propone lo contrario y trabaja sobre la idea de que el río es un espacio que une comunidades, culturas y biodiversidad entre ambos países. Desde esa visión surgieron también las escuelas de kayak en San Javier y Nuevo Berlín, espacios gratuitos donde niños y niñas aprenden a relacionarse con el río desde la experiencia directa.

No se trata solo de remar, sino de tocar el agua, conocer sus ciclos, descubrir las especies que habitan el ecosistema y comprender que aquello que se ama también se protege. Ese vínculo temprano está transformando la relación de las nuevas generaciones con el paisaje y, al mismo tiempo, está abriendo nuevas posibilidades económicas para las comunidades.

El crecimiento del turismo de naturaleza en la zona ha impulsado emprendimientos locales, servicios de guiado y experiencias de ecoturismo que permiten que la conservación también sea una fuente de desarrollo. Una de esas historias es la de Sofía, quien a partir del proyecto creó su propio emprendimiento asociado al corredor del río Uruguay. Su caso se convirtió en una prueba tangible de que otra forma de vivir con la naturaleza no solo es posible, sino también sostenible.

Cada semilla que Ambá planta en el territorio comienza a multiplicarse en nuevas iniciativas lideradas por la propia comunidad. Sin embargo, el camino no estuvo libre de tensiones. Uno de los mayores desafíos fue lograr que las comunidades comprendieran este modelo de conservación: una propuesta donde se puede producir desde la naturaleza sin destruirla, donde desarrollo y protección no compiten, sino que se fortalecen mutuamente.

Al principio hubo resistencia, desconfianza e incluso temor. Pero el trabajo sostenido, la presencia territorial y los resultados visibles comenzaron a cambiar esa percepción. Hoy muchas de las acciones que nacieron desde la organización continúan creciendo impulsadas por la propia gente del lugar, un indicador clave de que la apropiación comunitaria ya está ocurriendo. Porque la conservación solo se vuelve real cuando deja de ser una idea externa y pasa a formar parte de la cultura cotidiana.

Mirando hacia adelante, Ambá sueña en grande. Uno de sus próximos horizontes es consolidar el primer parque binacional de paz de Latinoamérica, dentro del proyecto Islas y Canales Verdes del Río Uruguay. A la par, continúan fortaleciendo Carapé, su iniciativa para conservar las sierras entre Rocha y Maldonado mediante restauración ecológica, turismo de naturaleza y economías locales regenerativas.

Cada proyecto responde a la misma convicción: las decisiones que tomamos hoy moldean la forma en que el territorio podrá existir mañana. Por eso el mensaje que comparten es profundamente colectivo. No se trata de grandes gestas individuales, sino de pequeños actos conscientes: elegir cómo habitamos, cómo producimos, cómo nos relacionamos con el paisaje y qué lugar le damos a la naturaleza en nuestra vida diaria.

La propuesta de Ambá invita a romper esa separación histórica que como sociedad muchas veces construimos frente al entorno. La naturaleza no es algo ajeno, sino el sistema vivo del que formamos parte, y todo lo que le sucede inevitablemente repercute en nuestra propia vida. Ser conscientes de eso y traducirlo en cambios cotidianos es, para la organización, la base de una transformación más profunda y duradera.

Ambá lo entendió desde aquel primer sueño entre amigos en las sierras de Rocha. A veces, para cambiar la relación de un país con su territorio, primero hay que recordar el camino de regreso hacia la tierra. Ese regreso, sin embargo, no es solo geográfico, sino también cultural y colectivo. Implica volver a reconocer la naturaleza como parte de la identidad de un país, como una fuente de vida, memoria y oportunidades compartidas.

Quizás ahí radica la verdadera dimensión de su impacto: no solo en las hectáreas protegidas o en los corredores que hoy empiezan a consolidarse, sino en la forma en que las comunidades vuelven a reconocerse dentro del paisaje que habitan. Cada niño que aprende a remar en el río, cada guía local que transforma su conocimiento del territorio en una nueva oportunidad y cada familia que encuentra en la naturaleza una forma digna de proyectar su futuro, confirma que el cambio más profundo no ocurre únicamente en el ecosistema, sino en la manera en que una sociedad decide volver a pertenecer al origen de todo: el planeta tierra.

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