Dayana Blanco y la defensa del lago Uru Uru en Bolivia: una lucha por el equilibrio perdido

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Junto al Team Uru Uru, lidera la restauración de un humedal afectado por la contaminación a través de saberes ancestrales y acción comunitaria.

En el altiplano boliviano, donde el viento parece arrastrar historias antiguas y el paisaje guarda la memoria de quienes lo habitan, hay un lago que alguna vez fue vida y hoy lucha por no desaparecer. No siempre fue así. Hubo un tiempo en que sus aguas sostenían comunidades, regulaban el clima y albergaban una biodiversidad que parecía infinita. Pero ese equilibrio se fue rompiendo, lentamente, hasta volverse visible en el silencio: aves que ya no regresan, agua que ya no fluye igual, territorios que dejan de ser hogar. En medio de ese quiebre, hay quienes decidieron no mirar hacia otro lado.

Para Dayana Blanco, la relación con la naturaleza nunca fue ajena. Creció escuchando a sus abuelos, aprendiendo que la vida no se sostiene en la separación, sino en el equilibrio. Que todo está conectado. Que el ser humano no está por encima de la tierra, sino que es parte de ella. Desde pequeña incorporó el concepto de sumak qamaña, el “buen vivir”, una forma de entender el mundo donde la armonía no es una idea abstracta, sino una práctica cotidiana.

Ese principio, heredado más que aprendido, se convirtió en pregunta. ¿Cómo estamos viviendo? ¿Qué tipo de relación estamos construyendo con la naturaleza? ¿En qué momento dejamos de escucharla? Las respuestas no tardaron en aparecer, y estaban más cerca de lo que imaginaba: en el deterioro del Lago Uru Uru.

Ubicado en Bolivia, este humedal no solo forma parte del ecosistema de la región, sino también de su identidad cultural. Durante generaciones fue sustento, paisaje y vínculo espiritual. Pero con el paso del tiempo, la contaminación minera, el plástico y los efectos del cambio climático comenzaron a transformar su realidad. El agua se volvió tóxica. La vida empezó a retirarse.

Flamencos andinos, chilenos y de James —aves que alguna vez habitaron sus orillas— comenzaron a desaparecer. No por azar, sino porque el hábitat dejó de sostenerlos. Sin alimento, sin refugio, sin equilibrio, migraron o murieron.

Pero el problema no terminaba ahí. Para Dayana, había una herida más profunda: la desconexión. La falta de educación ambiental había hecho que muchas personas dejaran de ver el lago como un espacio vivo para comenzar a tratarlo como un vertedero. Una botella. Una bolsa. Un gesto mínimo que, repetido miles de veces, se convierte en devastación.

“El problema está en nosotros”, dice. Y no como acusación, sino como punto de partida. Fue desde ese lugar que nació el Team Uru Uru. No como una gran estructura, sino como una decisión: actuar. Junto a otros jóvenes de su comunidad, Dayana comenzó a pensar cómo recuperar ese equilibrio perdido, cómo devolverle vida a un ecosistema que parecía agotado.

La respuesta no vino únicamente desde la ciencia ni únicamente desde la tradición, sino desde el cruce entre ambas.

Recordaron una práctica ancestral: el uso de totoras, plantas acuáticas que sus antepasados utilizaban para filtrar el agua. Pero esta vez el desafío era distinto. El nivel de contaminación del lago era mucho mayor. No había certezas. Solo intuición, conocimiento heredado y una convicción profunda.

En 2020 plantaron las primeras 30 totoras. El inicio fue incierto. Durante semanas no sabían si funcionaría. Hasta que algo cambió: las plantas comenzaron a modificar su color. Era una señal. Estaban absorbiendo los contaminantes. Estaban haciendo su trabajo. La prueba había funcionado.

A partir de ese momento, el proyecto creció. De 30 totoras pasaron a miles. Hoy ya son más de 6.000, instaladas en balsas flotantes construidas con material reciclado. Estas plantas, con capacidad de fitorremediación, absorben metales pesados provenientes, en gran parte, de la actividad minera.

El impacto empezó a sentirse. El agua comenzó a regenerarse. Los olores disminuyeron. Las aves, poco a poco, regresaron. El lago, lentamente, empezó a respirar otra vez. Pero pronto entendieron algo fundamental: limpiar no era suficiente. Había que transformar la relación con el territorio.

Así comenzó una segunda etapa, igual de importante que la primera: la educación ambiental. Talleres en escuelas, actividades comunitarias, reciclaje, huertos, observación de aves. Espacios donde el conocimiento no se impone, sino que se comparte. Donde las personas pueden reconocer el valor del ecosistema que habitan. Porque nadie cuida lo que no conoce y nadie protege lo que no siente propio.

Con el tiempo, el impacto del proyecto trascendió lo ambiental. La contaminación no solo había dañado el lago, también había afectado las formas de vida de la comunidad. Muchas familias dejaron de sembrar, de criar animales. Otras migraron en busca de oportunidades.

Restaurar el humedal también significó recuperar algo más profundo: el sentido de pertenencia. Hoy, cada vez más jóvenes encuentran en este trabajo una posibilidad real de quedarse, de construir futuro en su propio territorio. De volver a mirar la tierra no como un lugar de abandono, sino como un espacio de oportunidad.

El camino, sin embargo, no ha sido sencillo. Ser mujer, joven e indígena implicó enfrentar múltiples barreras. Dudas, cuestionamientos, exigencias constantes de validación. Como si el conocimiento ancestral necesitara ser comprobado para tener valor.

Pero Dayana encontró una forma de responder: integrar. Su acceso a la educación formal le permitió dialogar con la ciencia, generar estudios, validar procesos. No para reemplazar lo aprendido de sus abuelos, sino para demostrar que ambos saberes pueden coexistir. Que no son opuestos, sino complementarios.

Que la solución también puede nacer de lo que siempre estuvo ahí. Aun así, hay algo que no depende solo de ellos.

Aunque existen normativas para proteger el ecosistema, muchas no se cumplen. La ausencia del Estado sigue siendo una de las grandes deudas. Por eso, una de sus principales demandas es clara: que el lago sea declarado área protegida y que se implementen políticas reales de conservación. Porque el esfuerzo comunitario, por sí solo, no alcanza.

A pesar de todo, el proyecto sigue creciendo. Hoy el lago ha sido recuperado en un 30%. Puede parecer poco, pero en un ecosistema tan degradado, es una señal poderosa. Una prueba de que es posible revertir el daño. De que la acción, incluso en contextos adversos, genera impacto. Y también de que el cambio empieza en lo pequeño. Una planta, un gesto, una decisión.

Para Dayana, el mensaje es claro: la naturaleza no tiene límites, los límites los ponemos nosotros. Vivimos desconectados de aquello que nos sostiene, olvidando que todo está interrelacionado. Lo que ocurre en un lago, en Bolivia, puede afectar mucho más allá de sus fronteras.

Por eso insiste en algo esencial: el conocimiento no alcanza si no se convierte en acción. Hay que involucrarse, ensuciarse las manos, participar. Porque cuidar no es una idea, es una práctica.

En ese camino, también hay un llamado. A las mujeres, a las comunidades indígenas, a quienes sienten que su voz no es suficiente. Dayana lo dice desde su experiencia: no duden. Ya son líderes. Ya son guardianas. El conocimiento que llevan no solo es válido, es necesario.

El futuro del Lago Uru Uru aún es incierto, pero ya no está solo. Hay una comunidad que lo cuida.
Hay jóvenes que lo defienden. Hay una memoria que se niega a desaparecer. Y hay, sobre todo, una certeza que empieza a expandirse: que restaurar un ecosistema también es restaurar una forma de vivir. Porque, al final, no se trata solo de recuperar el agua, se trata de aprender, otra vez, a vivir en equilibrio.

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2 comentarios

  1. CARLOS ALBERTO ECHEVERRI CORRALES

    FELICITACIONES DAYANA BLANCO , eres inspiración para todos, un proyecto dificil, que ya está dando frutos, logrando la recuperación de un 30 por ciento del Lago y la concientización de los habitantes del sector ..

    • Gladys Restrepo

      Dayana una joven mujer indígena apasionada con el cuidado de la naturaleza, capaz de asumir retos y tomar acciones para la recuperación del lago Uru Uru, convencida de la importancia del saber de sus ancestros y de la puesta en práctica de esos conocimientos en conjunto con los adquiridos en su educación para proteger su entorno
      Gracias por su empeño e interés en su comunidad y en el bienestar de la misma.
      Impacto, cada proyecto es un ejemplo a seguir y poner en práctica en nuestro entorno

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