Victoria Valerga: la científica que podría sanar suelos contaminados con ayuda de hongos

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Descubrió un hongo capaz de degradar plástico de forma natural, abriendo una posible solución biológica frente a una de las crisis ambientales más invisibles del planeta.

Desde niña, Victoria Valerga sintió fascinación por aquello que no podía verse a simple vista. Mientras otros jugaban, ella pasaba horas observando el mundo a través de un microscopio que le regalaron de cumpleaños, haciendo explotar experimentos con un juego de química o viendo documentales de animales. Había algo en la vida microscópica, en los organismos invisibles y en la forma en que funciona la naturaleza, que despertaba en ella una curiosidad imposible de contener.

Con apenas 28 años, a esta argentina esa misma curiosidad la convirtió en bióloga, investigadora y científica. Pero, sobre todo, en alguien obsesionada con comprender uno de los problemas ambientales más silenciosos y menos estudiados de Latinoamérica: la contaminación de los suelos por microplásticos.

Ese interés por entender el mundo biológico la llevó primero a estudiar Biología en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y luego a realizar un doctorado en Ciencias Biológicas dentro del sistema del CONICET. Sin embargo, mucho antes de los laboratorios profesionales, ya había comenzado su propia exploración científica. Mientras estudiaba, en plena pandemia, por las condiciones sanitarias, tuvo que montar un pequeño laboratorio en su casa. Allí comenzó a cultivar microorganismos y a estudiar microbiología del suelo, un universo que la intrigaba especialmente porque, aunque sostiene la vida de todos, sigue siendo un territorio poco explorado.

Allí comenzó todo. Su interés inicial estaba enfocado en los bioplásticos y en cómo ciertos microorganismos podían degradar biológicamente estos materiales alternativos. Esa investigación terminó abriéndole la puerta a una problemática mucho más profunda: el impacto de los microplásticos y los metales pesados en los suelos y cultivos agrícolas.

Los microplásticos son partículas sintéticas diminutas, menores a cinco milímetros, que contaminan ecosistemas terrestres y acuáticos de manera persistente. Aunque suele hablarse de ellos en océanos y mares, también están presentes en la tierra. Y ahí, precisamente, es donde existe uno de los mayores vacíos de información.

Porque el verdadero problema de estos residuos no es únicamente que se acumulen. El peligro está en que funcionan como pequeñas esponjas tóxicas capaces de absorber metales pesados y otras sustancias contaminantes presentes en el ambiente. Una vez que llegan al suelo alteran su estructura, afectan la retención del agua, modifican el intercambio de nutrientes y dañan a miles de microorganismos esenciales para mantener viva la tierra. Pero además, terminan infiltrándose silenciosamente en la cadena alimentaria.

En Latinoamérica todavía existen muy pocos estudios sobre microplásticos en suelos agrícolas. Ni siquiera hay un consenso científico general sobre cómo medir exactamente su impacto. Sin embargo, sus efectos ya comienzan a ser visibles: contaminación de cultivos, degradación de los suelos y posibles riesgos para la salud ambiental y humana.

Los microplásticos llegan a la tierra de múltiples maneras. A veces de forma directa, a través de residuos derivados de los propios sistemas de producción agrícola. Otras veces mediante contaminación indirecta: agua de riego contaminada, fertilizantes cargados de fibras sintéticas o partículas que terminan dispersándose desde el ambiente.

Y una vez que entran al suelo, el problema se multiplica. El sol y el desgaste agrietan estas diminutas partículas plásticas y les otorgan una carga eléctrica que actúa como un imán para metales pesados como el plomo o el cadmio. Así, los contaminantes se adhieren al plástico y se desplazan mucho más rápido a través de la tierra, alterando el intercambio catiónico que permite a las raíces absorber nutrientes. El resultado es un “combo” tóxico que las plantas absorben con facilidad.

Victoria comenzó entonces a estudiar qué ocurre exactamente cuando los suelos se contaminan simultáneamente con microplásticos y metales pesados. Sus ensayos, todavía en etapas iniciales, buscan analizar cómo cambia el crecimiento de las plantas y de qué manera se altera su nutrición natural. Porque cuando esa contaminación alcanza niveles elevados, el suelo puede colapsar por completo.

La tierra pierde capacidad para retener agua y nutrientes. Mueren lombrices, bacterias y microorganismos fundamentales para mantener el equilibrio ecológico. Las pocas plantas que sobreviven absorben sustancias tóxicas y producen alimentos contaminados. Y mientras eso ocurre en la superficie, la lluvia arrastra estos contaminantes hacia las napas subterráneas, afectando pozos de agua, animales y comunidades enteras.

Lo más preocupante es que todavía no se sabe con exactitud cuántos microplásticos permanecen atrapados en la superficie del suelo y cuántos logran filtrarse hacia capas más profundas. Tampoco se entiende completamente cómo las raíces los absorben junto con los metales pesados. Y justamente ahí radica la urgencia de investigaciones como la de Victoria: entender cómo se mueve esta contaminación invisible desde la tierra hasta nuestros propios platos.

Porque el riesgo ya no pertenece únicamente al ambiente. También alcanza la vida cotidiana. Cada fruta, cada verdura y cada vaso de agua pueden convertirse en una vía silenciosa de exposición constante a partículas plásticas y metales pesados. Y aunque todavía faltan estudios concluyentes, la preocupación crece: millones de personas podrían estar acumulando toxinas a largo plazo sin siquiera saberlo.

Por eso, Victoria insiste en que la ciencia no es algo lejano ni abstracto, sino una herramienta urgente para proteger el bienestar colectivo. Solo a partir de datos reales y evidencia científica será posible desarrollar leyes, regulaciones y políticas ambientales capaces de proteger los cultivos, los alimentos y la salud de las personas.

Pero su trabajo no se detuvo únicamente en comprender el problema. También comenzó a buscar soluciones. Y fue entonces cuando ocurrió un hallazgo inesperado.

Mientras trabajaba con microorganismos provenientes de bioplásticos, encontró un hongo creciendo sobre un film plástico común, como el que se utiliza en la cocina. Lo sorprendente no era solo que estuviera allí. Lo verdaderamente extraordinario era que el hongo parecía estar degradando el plástico.

El organismo pertenecía al género Aspergillus. Victoria descubrió que este tipo de hongo libera enzimas capaces de romper las moléculas plásticas y degradarlas biológicamente. En otras palabras: el hongo se “come” el plástico.

Aunque por ahora los experimentos solo se realizaron a escala de laboratorio, el hallazgo abre una posibilidad revolucionaria. Junto a otro laboratorio de química orgánica, comenzaron a estudiar cómo se rompen exactamente esos enlaces y qué enzimas permiten esta degradación.

La importancia de este descubrimiento va mucho más allá del laboratorio, pues la solución a un problema global como este podría provenir de la propia naturaleza. A diferencia de los tratamientos químicos artificiales —muchas veces costosos, agresivos y dañinos para los ecosistemas—, la biorremediación utiliza organismos vivos para limpiar el ambiente sin introducir nuevos contaminantes. Es decir: devolverle a la tierra sus propios mecanismos de defensa para que pueda sanar desde adentro.

Además, esta estrategia podría abrir nuevas puertas hacia la economía circular. Si los hongos logran descomponer los microplásticos en componentes básicos reutilizables, esos materiales podrían reintegrarse al sistema productivo para fabricar nuevos bioplásticos u otros subproductos útiles, evitando que se conviertan en residuos eternos.

La ciencia, entonces, no solo estaría destruyendo contaminantes. También podría transformar basura tóxica en nuevos recursos sustentables.

Y la urgencia es absoluta. Hoy la extracción de recursos del suelo ocurre a un ritmo muchísimo mayor que la capacidad natural de recuperación de los ecosistemas. Le exigimos a la tierra producir más rápido mientras la llenamos de contaminantes que frenan su capacidad de regenerarse. El equilibrio ambiental se está rompiendo.

Por eso, para Victoria, desarrollar y aplicar soluciones biológicas ya no puede pensarse como una posibilidad futura o un lujo científico. Es una necesidad inmediata para evitar que los suelos pierdan fertilidad, que los cultivos sigan acumulando tóxicos y que esta contaminación continúe avanzando de forma irreversible.

Sin embargo, también cree que el cambio no depende únicamente de los laboratorios. No hace falta ser científico para hacer una diferencia. Reducir plásticos de un solo uso, reutilizar, apostar por modelos de consumo más conscientes o practicar moda circular son acciones pequeñas, pero reales, frente a una contaminación que parece inmensa. Porque el problema también nace de la forma en que producimos, consumimos y nos relacionamos con el planeta.

Y aunque su carrera apenas comienza, Victoria sabe que todavía queda muchísimo por descubrir. Por eso quiere seguir investigando, comprender mejor cómo están nuestros suelos y lograr que esta problemática ocupe el lugar que merece dentro de la agenda ambiental. 

Pero también espera algo más profundo: que el conocimiento que hoy construye no termine en ella, que pueda trascender. Que otras generaciones continúen haciendo preguntas, buscando respuestas y defendiendo la tierra que sostiene la vida de todos. Porque debajo de nuestros pies existe un mundo invisible del que depende el futuro, y quizás entender cómo protegerlo sea una de las pocas formas que todavía tenemos para reparar el daño que ya comenzamos a causar.

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