Somos Mar: mujeres que vuelven a la mar para transformar su historia

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Un programa que teje redes, rompe brechas invisibles y devuelve a las mujeres de la pesca artesanal su voz, su lugar y su poder en el sur de Chile.

Foto: Somos Tribu.

En el sur de Chile, donde la lluvia se vuelve paisaje y la mar respira al ritmo de quienes habitan sus orillas, hay historias que durante mucho tiempo quedaron suspendidas en un silencio casi imperceptible. No porque no existieran, sino porque nunca encontraron el espacio para ser nombradas.

Las mujeres han estado ahí desde siempre. En la pesca artesanal, en la recolección, en el cuidado de las familias, en la transmisión de saberes que no están escritos pero sostienen la vida. Han sido parte del entramado que conecta a las comunidades con la mar, pero durante generaciones su rol quedó relegado a lo invisible, a lo que no se reconoce, a lo que no se nombra. Esa invisibilidad, con el tiempo, dejó de ser solo externa. También se volvió una forma de mirarse a sí mismas.

En la región de Los Ríos, esa realidad no es ajena. Mujeres atravesadas por múltiples brechas —educativas, económicas, sociales y emocionales— han sostenido territorios enteros sin contar necesariamente con las herramientas, los espacios o las redes para reconocerse como protagonistas de sus propias historias. Eso, sumado a una estructura profundamente masculinizada, especialmente en el mundo de la pesca artesanal, donde históricamente han sido desplazadas a roles secundarios, incluso cuando su presencia ha sido constante.

Foto: Somos Tribu

Fue en ese contexto donde comenzó a gestarse una forma distinta de acompañar. Somos Tribu, una fundación conformada por mujeres para trabajar con mujeres, nace desde un impulso que no responde únicamente a la intervención social, sino a algo más profundo: la necesidad de generar procesos de transformación desde lo humano. Creada por Carolina Momberg, Pamela Milanca, Francisca Arroyo y acompañada por Paulina Benavides, la organización se construye sobre una mirada interdisciplinaria que integra la psicología, la sociología, el trabajo social y la psicología transpersonal.

Pero más allá de las herramientas, lo que define su trabajo es el enfoque: uno socioafectivo, donde el centro no está en lo productivo, sino en la persona. Porque entendieron algo esencial. No hay cambio real si una mujer no logra, primero, reconocerse a sí misma.

De ese sueño, que ha ido creciendo paso a paso, nació también algo más grande: el programa Somos Mar. Surgió a partir de una invitación concreta para generar un espacio de empoderamiento dirigido a mujeres de la pesca artesanal. En ese proceso inicial, y tras evidenciar la necesidad de construir un enfoque distinto, se sumó como aliada clave The Nature Conservancy (TNC), organización que impulsa y acompaña el desarrollo del programa en el territorio. Sin embargo, al comenzar a diseñarlo, apareció una evidencia que cambiaría el rumbo del proceso: no se trataba solo de entregar herramientas o conocimientos técnicos. Había una ausencia más profunda. No existían espacios de encuentro entre ellas, no había red, no había comunidad.

Foto: Somos Tribu.

El primer gesto fue simple, pero transformador: crear círculos de mujeres. Espacios donde reunirse, mirarse, escucharse. Donde cada una pudiera reconocerse en su historia, en su cuerpo, en su experiencia. Lo que comenzó como encuentros mensuales en las comunidades fue abriendo una dimensión que había estado contenida durante años.

En esos espacios empezaron a aparecer relatos silenciados: historias de violencia, de limitaciones, de miedo a ocupar lugares de liderazgo, de vidas marcadas por estructuras que no dejaban margen para decidir. La voz, que durante tanto tiempo estuvo ausente, comenzó a tomar forma. No solo para hablar, sino para existir.

Ese trabajo inicial, profundamente individual, fue el punto de partida. Reconocer la propia historia, entender el valor personal, identificar capacidades que durante años no habían sido nombradas. Volver a mirarse dejó de ser un acto superficial para convertirse en un proceso de reconstrucción interna.

Foto: Somos Tribu

Pero el cambio no se detuvo ahí. A medida que esos encuentros avanzaban, algo empezó a suceder entre ellas. Las mujeres comenzaron a mirarse entre sí. A descubrir que las experiencias que creían individuales eran compartidas. Que había otras atravesando las mismas dificultades, sosteniendo las mismas cargas, enfrentando las mismas barreras. Así empezó a tejerse la red.

El paso de lo individual a lo colectivo no fue inmediato ni sencillo, pero fue profundo. Aprender a confiar, a escuchar, a sostener a la otra, a construir en conjunto. Desde ahí, el proceso se expandió hacia el territorio. Lo que comenzó en un espacio íntimo empezó a tener impacto en la vida comunitaria.

Muchas comenzaron a liderar. Otras a emprender. Algunas a ocupar espacios de decisión que antes parecían inaccesibles. El empoderamiento dejó de ser un concepto y se convirtió en práctica.

Foto: Somos Tribu.

En ese camino, también emergió con más claridad el vínculo que siempre había estado presente: la relación de las mujeres con la mar. No solo como fuente de sustento, sino como un espacio de conexión profunda, de identidad, de equilibrio. Han sido, históricamente, guardianas de los recursos, de los saberes familiares, de las prácticas que permiten que la vida continúe. Pero ese rol no siempre había sido reconocido.

Con el acompañamiento del programa, esa percepción comenzó a transformarse. Las mujeres empezaron a identificarse como actoras fundamentales en la protección de los ecosistemas y en la sostenibilidad de los recursos marinos. Comprendieron que su vínculo con la mar no es solo cotidiano, sino también político, cultural y ambiental. Porque la mar —como ellas— también sostiene, transforma, cuida.

El impacto de este proceso no se mide únicamente en indicadores visibles. Se percibe en cambios más sutiles, pero profundamente significativos. En la forma en que las mujeres se hablan, en cómo se posicionan, en las decisiones que empiezan a tomar.

Foto: Somos Tribu

Algunas han logrado poner límites en relaciones que no las sostenían. Otras han dejado de replicar historias heredadas. Muchas han encontrado una nueva forma de habitar su propia vida. Y, sobre todo, han aprendido a trabajar juntas, a construir comunidad. A entender que el cambio no es individual cuando se sostiene en red.

Actualmente, el programa se encuentra en una nueva etapa, donde el foco está en acompañar a las mujeres para que puedan materializar sus propios proyectos, emprendimientos y procesos de liderazgo. Pero más allá de sus fases, lo que define a Somos Mar es su capacidad de adaptarse a las necesidades reales de quienes participan, de rediseñarse desde el territorio, de crecer junto a ellas.

Porque no es un modelo que se impone, es un proceso que se construye. Hacia el final de este recorrido, las historias individuales comienzan a tomar forma como reflejo de todo lo que se ha tejido colectivamente, con una mirada puesta hacia el futuro para seguir creciendo, construyendo en red y, sobre todo, para que más mujeres reconozcan su poder y su invaluable rol como las verdaderas guardianas de la mar.

Edith Maripán: una vida entre la mar, la resistencia y el liderazgo

Edith Maripán Becerra —Edita— creció con la mar como parte de su vida. Hija, nieta y bisnieta de pescadores en territorio Lafkenche, su vínculo con el mar nunca fue distante. Para ella, la mar es mujer. Es alimento, refugio, equilibrio. Es también una conexión profunda con su identidad mapuche y con el universo. Pero su historia no estuvo exenta de dificultades.

A pesar de haber crecido en una familia ligada a la pesca, fue relegada por el machismo. Excluida, desvalorizada, empujada hacia los márgenes de un espacio que también le pertenecía. Con el tiempo, logró reconectarse con la pesca y aprender de sus oficios, pero incluso ahí las barreras persistían. Sabía que en ese mundo, las mujeres eran constantemente cuestionadas, descalificadas, reducidas.

Hubo frases que marcaron su camino. Frases que intentaron limitarla, pero que terminaron impulsándola. Lejos de quedarse en ese lugar, decidió transformar esa experiencia en acción. Hoy es presidenta del Sindicato de Pescadores y Orilleras Lafken Domo, conformado exclusivamente por mujeres pescadoras: orilleras, buzas, trabajadoras que, como ella, han decidido ocupar el espacio que históricamente les fue negado.

Foto: Somos Tribu

Su llegada a Somos Mar marcó un antes y un después. Ahí encontró algo que no sabía que necesitaba: otras mujeres. Historias similares, procesos compartidos, un espacio donde la vulnerabilidad no es debilidad, sino punto de partida. Aprendió a abrirse, a confiar, a construir en colectivo.

Hoy se reconoce distinta. Más fuerte, más segura, más consciente de lo que puede aportar. Pero sobre todo, entiende que el cambio no termina en ella, se expande. Porque cada mujer que se transforma, abre camino para otras.

El proceso no está exento de dificultades. Trabajar en colectivo implica tensiones, diferencias, aprendizajes constantes. Pero es precisamente en ese ejercicio donde se construye algo más grande: una red capaz de sostener, de impulsar, de transformar. Por eso, el mensaje que emerge desde este territorio no es solo para quienes participan. Es para todos.

Foto: Somos Tribu

La transformación social no comienza únicamente en las estructuras externas, sino en la forma en que nos reconocemos como personas. En la capacidad de ver al otro sin prejuicios, de entender que cada historia contiene valor, que cada experiencia es parte de un tejido mayor.

Porque al final, todo vuelve a lo esencial. A la conexión con la tierra. Con la mar. Con quienes somos. Y en ese reconocimiento, en esa reconstrucción que comienza desde lo más íntimo y se expande hacia lo colectivo, aparece una posibilidad real de cambio.

Una que no se impone. Una que crece. Como las olas. Como las redes. Como las mujeres que, desde la orilla, están transformando el mundo para que ninguna, nunca más, vuelva a navegar sola.

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